La majestad de la calma
William George Jordan, 1900
¿De dónde sale una calma capaz de resistir una verdadera desgracia? El ensayista estadounidense William George Jordan respondió a esta pregunta en 1900: se acumula en los días corrientes. Siete breves ensayos. Hablan de la calma y de la prisa, de la influencia que ejercemos sin querer sobre los demás y de apoyarse en uno mismo. También de los fracasos, del hábito de hacer lo mejor y de la felicidad, que no se puede atrapar si se persigue.
Para quién es
Para quienes viven con prisas, estallan por cualquier nimiedad y quieren una calma que no se desmorone en las horas difíciles.
La prisa siempre paga por todo el precio más alto, y normalmente la mercancía nunca llega.
Ni piedra ni astilla
Imagina un día en que todo se te cae de las manos. Por la mañana llega una carta llena de reproches, luego pierdes el autobús y en el trabajo estalla una discusión. Por la noche te parece que las olas te zarandean como a un bote. Y a muchos les parece que la calma en un día así solo es posible de dos maneras: volverse de piedra y no sentir nada, o dejarlo todo pasar.
El ensayista estadounidense William George Jordan rechaza ambos caminos. La Esfinge de piedra, escribe, no es ningún modelo de calma: la petrificación significa que todas las fuerzas de la persona han callado. El fatalista tampoco está en calma. Se ha rendido a las circunstancias y flota por el tiempo como un barco sin timón, sin carta y sin puerto de destino.
La persona tranquila, según Jordan, se parece al timonel. Tiene el rumbo trazado en la carta y la mano en el timón. No puede anular la tormenta, la niebla ni los arrecifes ocultos, pero sabe que en cada uno de ellos necesitará una cabeza despejada. A veces tendrá que tomar otra bordada y apartarse del rumbo por un tiempo, pero no se dejará llevar a la deriva.
El libro se compone de siete ensayos breves. Hablan de la calma y de la prisa, de la influencia involuntaria en los demás y de apoyarse en uno mismo. También de los fracasos, del hábito de hacer lo mejor y de la felicidad. Jordan los escribió hace más de un siglo, con el lenguaje de un predicador y apoyándose en la fe. Pero su pregunta es completamente actual: ¿de dónde sale una calma que no se rompe en las horas difíciles? Su respuesta es sorprendentemente cotidiana, y con ella empieza el primer capítulo.
La tormenta no llega a lo profundo
Jordan toma una imagen del océano. La tempestad solo agita la superficie del mar, el viento penetra unos doscientos o trescientos pies, y más abajo hay una profundidad tranquila e intacta. La calma, según él, funciona igual: nace desde dentro, de allí donde no llegan las olas externas. Pero el camino hacia esa profundidad hay que trazarlo de antemano. Para las grandes pruebas uno se prepara en los días corrientes.
Su consejo para un día normal es muy concreto. Cuando las preocupaciones menudas empiezan a rozar, como un zapato apretado,, detente un minuto. Si dejas que las molestias se impongan, escribe Jordan, reconoces que son más fuertes que tú. Por eso desmenúzalas una por una, cada irritación por separado y con toda tu fuerza de voluntad. Así las molestias se van disipando una tras otra, como la niebla de la mañana bajo el sol.
¿Para qué entrenar en lo pequeño? Porque la calma se acumula. Jordan describe la hora en que en un instante se derrumba la obra de toda una vida. Quien durante años aprendió a mantener la cabeza clara puede mirar las cenizas de sus esperanzas sin pánico y decir: «Que así sea. Lo volveré a construir». Y cuando la muerte se lleva a la persona más querida, la calma acumulada durante largos años se convierte, según sus palabras, en refugio y en reserva de fuerzas.
La segunda prueba tiene que ver con la ofensa. Cuando te calumnian y te apetece vengarte, Jordan propone recordar a la garza a la que persigue un águila. En su relato, la garza no huye, sino que se queda quieta y espera, y el águila, al lanzarse contra ella a toda velocidad, se clava en su pico afilado como una lanza. Es más una parábola de su época que la observación de un naturalista, pero la idea es clara: quien intenta destruir la reputación ajena se destruye a sí mismo.
No obstante, Jordan no invita a aislarse del mundo. La persona tranquila se interesa vivamente por las desgracias ajenas, y se retira a su silencio para recuperar fuerzas y volver a la gente.
Sobre el autor
William George Jordan (1864-1928) fue un ensayista, editor y conferenciante estadounidense. Autor de «La majestad del dominio propio» y de breves ensayos sobre el carácter que se reeditan desde hace más de un siglo.
Todos los libros del autor: William George Jordan
Conceptos del libro
- Malthus
- pies
- Darwin
- Godwin
- misionero
- Bismarck
- Esfinge: Criatura mítica con cuerpo de león y cabeza humana. La estatua de piedra más famosa de la Esfinge está junto a las pirámides de Guiza, en Egipto. En Jordan es la imagen de una calma petrificada y sin vida.
- fatalista: Persona que cree que todo está decidido de antemano y, por eso, no intenta cambiar nada.
- bordada: Rumbo de un velero respecto al viento. Tomar otra bordada significa girar para que el viento sople por el otro costado; así el velero avanza hacia la meta en zigzag.
- Torre de Babel: Torre del relato bíblico (Libro del Génesis) que la gente quería levantar hasta el cielo. La obra fracasó cuando los constructores dejaron de entenderse entre sí.
- Corriente del Golfo: Corriente marina cálida del océano Atlántico. Lleva agua cálida desde el golfo de México hasta las costas de Europa.
- Joggins: Así llama Jordan al autor de la idea de la enorme balsa de troncos que remolcaron de Canadá a Nueva York.
- Oficina Hidrográfica: Organismo que estudia los mares y elabora las cartas náuticas. En Jordan es la oficina de Washington.
- Livingstone: David Livingstone (1813-1873), misionero, médico y viajero escocés, uno de los exploradores más conocidos de África.
- Guerra del Opio: Guerra de Gran Bretaña contra China en 1839-1842. El motivo fueron las prohibiciones chinas de importar opio por parte de los comerciantes británicos.
- Booth: Edwin Booth (1833-1893), uno de los actores estadounidenses más famosos del siglo XIX, conocido por su papel de Hamlet.
- Morrell: Daniel Morrell, empresario estadounidense. Durante un tiempo fue presidente de la fábrica de raíles Cambria Rail Works, donde trabajaban siete mil personas.
- Catón: Marco Porcio Catón el Viejo (234-149 a. C.), político y escritor romano. Según la tradición antigua, aprendió griego ya en la vejez.
- Hobbes: Thomas Hobbes (1588-1679), filósofo inglés, autor del «Leviatán». Ya en edad avanzada tradujo al inglés la «Ilíada» y la «Odisea» de Homero.
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